
Anoche fui a ver el último título del controvertido Quentin Tarantino. Era tanto y tan diferente lo que había leído sobre la película, que no tuve más remedio que acudir al cine en busca de respuestas.
No soy ningún forofo de Tarantino, me parece un megacinéfilo con interesantes ideas, grandes guiones y resultados irregulares. Y digo esto porque, sin ir más lejos, su anterior filme, Kill Bill, me resultó exasperante en su primer volúmen y sublime en su segundo. Un nuevo capricho de un director cuyas constantes alusiones a los clásicos genéricos bien sea western, manga, serie B o policiaco, reflejan no solo su pasión por el cine, sino su terrible dependencia de él.

En esta ocasión la película se presentaba precedida hace unos meses, por cuestiones meramente publicitarias, por Planet Terror, de Robert Rodriguez, como emulación a las clásicas sesiones dobles de cine de serie B en los norteamericanos años 70. Zombies, chicas guapas, potentes coches,... Vamos, lo mismo que Los Bingueros o Yo hice a Rocky Tercero aquí en España.
Un especialista cinematográfico, interpretado por el rescatado Kurt Rusell, se dedica a recorrer el estado de Texas asesinando a chicas guapas. Hasta ahí la trama, tal y como marcan los cánones del género. Y realmente no sucede nada más, pero la diversión en la película no viene dada esta vez por la profundidad del argumento o su estructuración. Death Proof ha de ser vista como un auténtico entretenimiento de sabado por la noche, en el que la mezcla de sexo, velocidad y humor ácido confluyen durante 115 minutos.
Con una interesante construcción de la historia, Tarantino no siempre consigue enganchar al público debido al irregular ritmo de sus películas, alternando frenetismo y ostracismo a lo largo del metraje. Aquí el uso abusivo del diálogo entre sus personajes, como acercamiento a la realidad, a lo cotidiano, ralentiza el tono general de la película. Las constantes alusiones al género, estética y argumentalmente, como viene siendo habitual, son otra de las principales características de la película. Lo más reseñable, al margen de la conseguida estética y varios truquillos de montaje (saltándose a la torera la continuidad para emular la cutrez de la época), son las incrreibles secuencias de carretera y el rabioso ritmo de los últimos minutos, saliendo del cine con una sonrisa de oreja a oreja.
Una película que se deja ver, que divierte, pero que adolece de la falta de viveza, frescura y originalidad de obras maestras como Reservoir Dogs o Pul Fiction.

